Flacidez facial: cuándo tratarla y con qué
La flacidez facial no aparece de golpe. Nadie se levanta un día con la cara caída: se instala tan despacio que casi siempre la detectas antes en una foto de hace cinco años que en el espejo de esta mañana.
Y no depende de una sola cosa. Intervienen la calidad de la piel, el volumen y la posición de la grasa, los ligamentos que sujetan los tejidos, el hueso que hay debajo y, en algunos casos, un exceso real de piel. Cada persona tiene una combinación distinta de todo eso, y por eso dos caras que se parecen pueden necesitar cosas muy diferentes.
Te explico qué hay debajo, qué se puede plantear y dónde deja de servir la medicina estética.
Por qué aparece la flacidez facial
La cara no es una superficie plana, es una estructura de varias capas y todas cambian con el tiempo.
La piel pierde calidad. El colágeno, la elastina y la matriz que los sostiene se degradan, y eso reduce la elasticidad y la capacidad de recuperación. En la laxitud leve, este es a menudo el factor principal.
La grasa se redistribuye. Debajo de la piel hay compartimentos grasos separados por tabiques y anclados al hueso mediante ligamentos de retención. Con los años algunos compartimentos se atrofian, otros aumentan y otros descienden, y ese comportamiento varía bastante según la anatomía, la edad y los cambios de peso.
Los ligamentos se distienden y dejan de sujetar con la misma firmeza.
Y el hueso se reabsorbe, sobre todo en el reborde orbitario y en la mandíbula, así que la estructura pierde puntos de anclaje.
A todo eso se suma la exposición solar acumulada, que acelera el fotoenvejecimiento y contribuye a la pérdida de elasticidad. Cuánto afecta a cada persona depende del fototipo, de la protección solar que haya usado, de los hábitos y de la exposición real, así que no hay una regla que valga para todos.
Cómo se describe el grado de flacidez facial
En consulta se suele hablar de laxitud leve, moderada o avanzada. Es una forma cómoda de entenderse, pero conviene saber que la flacidez es un continuo: no hay tres cajones estancos, hay grados que se solapan.
En la laxitud leve el contorno mandibular empieza a perder nitidez, sin pliegues marcados en reposo. Suele pesar más la calidad de la piel que cualquier otra cosa.
En la moderada la línea mandibular ya no es limpia y aparecen surcos y pliegues más definidos. Conviene recordar que los surcos nasogenianos y las líneas de marioneta no dependen solo de la flacidez: también influyen la anatomía, el volumen y el propio movimiento de la cara.
En la avanzada hay exceso real de piel, el descolgamiento es evidente en reposo y el cuello suele estar afectado.
Puedes hacerte una idea aproximada de por dónde vas mirándote de pie y después tumbada, o empujando suavemente la piel de la mejilla hacia la oreja para ver cuánto se recoloca el contorno. Pero eso es una observación, no un diagnóstico. Ninguna de las dos cosas separa la laxitud de la pérdida de volumen, del edema o de la anatomía de tu mandíbula, y existen escalas clínicas validadas precisamente porque el ojo no basta.
¿Cuándo hay que tratar la flacidez facial?
No hay una edad. Y tampoco hay ninguna obligación de tratarla.
Es una decisión estética, no médica, y no tratar es una opción tan razonable como cualquier otra. Cuando alguien me pregunta si va con retraso, la respuesta suele ser que no existe tal cosa.
Lo que sí es cierto es que las opciones cambian según el punto en el que estés. Con una laxitud leve se plantean tratamientos dirigidos a la calidad de la piel; con un exceso cutáneo importante, esos mismos tratamientos ya no dan el resultado que se espera de ellos.
Y una advertencia sobre verse cansada: una cara con aspecto de cansancio no siempre es flacidez. Puede haber ojeras, pigmentación, pérdida de volumen, retención de líquidos, falta de sueño o causas médicas detrás. Merece la pena averiguar de dónde viene antes de tratar nada.
Qué se puede plantear
Aquí quiero ser clara con algo: no existe una equivalencia automática entre un grado y un tratamiento. Dos personas con la misma laxitud pueden necesitar planteamientos distintos según el grosor de su piel, su volumen facial, su anatomía y lo que esperen del resultado.
Estas son las opciones que se manejan, todas con valoración previa y todas con riesgos que hay que conocer antes de decidir.
Tratamientos dirigidos a la calidad de la piel
Buscan estimular la producción propia de colágeno. Aquí entran la hidroxiapatita cálcica y otros inductores, y también la radiofrecuencia médica, cuyos resultados son en general moderados y dependen bastante del equipo y del protocolo.
Sobre la hidroxiapatita conviene precisar algo que se cuenta mal a menudo: es un implante inyectable de microesferas en un gel portador, y según cómo se diluya y dónde se coloque puede aportar volumen, inducir cambios en el tejido o ambas cosas. No es lo mismo un uso hiperdiluido con fines bioestimuladores que un uso como relleno. Tiene efectos adversos descritos: hematoma, edema, enrojecimiento, dolor, nódulos, infección y, en caso de inyección intravascular, complicaciones graves. Aquí tienes el detalle del tratamiento, y en consulta se concreta producto, dilución, zonas y número de sesiones.
Tratamientos dirigidos a reposicionar tejido
Los hilos tensores pueden recolocar tejido descendido, pero no son la respuesta automática a ninguna situación. Su indicación depende de la distribución de la laxitud, del grosor y la calidad de la piel, del volumen facial, de los vectores posibles y del tipo de hilo.
Tampoco es obligatorio combinarlos con un bioestimulador. A veces tiene sentido y a veces no, y esa decisión se toma en cada caso.
Tienen efectos adversos descritos que conviene conocer: dolor, edema, hematomas, irregularidades del contorno, hoyuelos, infección, granulomas, extrusión o migración del hilo y, con menor frecuencia, lesiones nerviosas o glandulares.
Cuando la medicina estética no es la respuesta
Voy a ser clara porque en internet se lee lo contrario continuamente. Cuando hay un exceso real de piel, ningún bioestimulador y ningún hilo lo van a eliminar, porque no pueden. Mejoran la textura y suavizan el conjunto, pero para retirar piel hay que retirarla.
Ahí la conversación pasa a ser quirúrgica, y conviene decirlo sin eufemismos: un lifting o un minilifting son cirugía, con incisiones, anestesia o sedación, cicatrización y riesgos propios como hematoma, infección, lesión nerviosa, alteraciones de la sensibilidad, asimetrías o cicatrices.
Si tu caso va por ahí, lo que corresponde es una valoración con un cirujano, que te explique la técnica concreta, dónde se realiza, con qué anestesia y cómo se manejan las complicaciones. Prefiero decírtelo en la primera consulta a que te gastes el dinero en tres sesiones para acabar decepcionada.
Lo que no funciona contra la flacidez facial
Los aparatos de radiofrecuencia caseros. La radiofrecuencia actúa calentando el tejido, y ahí está la clave: el resultado depende de la potencia, la frecuencia, el control de temperatura y el protocolo. Los dispositivos domésticos trabajan con parámetros muy por debajo de los equipos médicos, y aunque algún modelo concreto pueda dar efectos medibles, no cabe esperar de ellos lo mismo. La SEME insiste en que este tipo de tratamientos se realicen con equipos médicos y bajo supervisión.
Las mascarillas de efecto lifting inmediato. Actúan formando una película que tensa al secarse y mejorando la hidratación superficial. El efecto dura lo que dura eso.
Las bandas y cintas de dormir. Comprimen mientras las llevas. No hay evidencia de que corrijan de forma duradera el soporte facial.
Perder mucho peso muy rápido. Puede empeorar el aspecto si la piel no tiene tiempo de adaptarse al nuevo volumen. Cómo responde cada zona de la cara a la pérdida de peso varía bastante de una persona a otra.
Lo que valoro antes de proponerte nada
No hay tratamientos buenos ni malos, hay tratamientos que encajan con una situación concreta y otros que no.
Por eso lo primero que hago en la clínica de Sevilla con una paciente que viene por flacidez facial es separar qué parte es calidad de piel, qué parte es pérdida o descenso de volumen, qué parte es soporte y si hay exceso cutáneo real. También valoro el cuello, la proyección de la mandíbula y la simetría.
De ahí sale el plan, y también la conversación sobre qué es realista esperar. Esa parte es mejor tenerla antes de empezar que a mitad de camino.
Casi nadie viene a consulta diciendo “tengo flacidez”. Vienen diciendo que se ven cansadas, que las fotos no les gustan, que no saben qué les pasa. Ponerle nombre a lo que ves ya es el primer paso para saber qué hacer con ello, o para decidir que no quieres hacer nada.
Un abrazo,
Dra. Yasmín Al Adib
Especialista en Medicina Estética · Sevilla






